Assassin: VI
Tururururururúuuuu!!!! Llegoooooo xD. Tras repasarlo dos o tres veces y hacer algunos retoques en el texto, lo posteo ya, que ya toca. Y sin perder más tiempo porque hoy sólo tengo 3 horas y media de conexión, lo pongo y a correr, ya hablaré de él más tarde
VI
Tras abrir la puerta al final de la escalera de servicio, Galvan se encontró con una pequeña sala cuadrada. En frente suyo vio las escaleras que descendían a los pisos inferiores, de los que se percibía el brillo tenue de las antorchas. En las otras dos paredes se hallaban enfrentadas dos puertas. Una de ellas era grande, pero modesta. El asesino posó su vista en la puerta restante y esbozó una sonrisa.
Sólo podía ser la habitación de Iaskel. Nunca antes había visto una puerta tan ornamentada. El oro bañaba todo el marco y describía intrincados dibujos sobre la superficie de una madera extraordinariamente cara, probablemente traída de algún lugar remoto. Además de las curvas doradas, numerosas piedras preciosas se hallaban incrustadas por toda la puerta, así como un par de dragones de plata, enfrentándose en posición desafiante.
Galvan se aproximó a la puerta y asió el pomo, para comprobar que estaba cerrada con llave. Extrajo dos pequeñas varillas metálicas de un bolsillo de la túnica y las introdujo en la cerradura de la puerta. Lo que la mayoría de la gente no sabía era que generalmente las puertas más grandes eran las más fáciles de abrir, pues solían traer consigo grandes cerraduras donde resultaba más sencillo maniobrar con la ganzúa. Tras un rato tanteando en la cerradura, finalmente emitió un pequeño chasquido, y la puerta empezó a girar sobre sus goznes. Afortunadamente, la puerta estaba sometida a un esmerado mantenimiento, por lo que no emitió ningún chirrido cuando el asesino la abrió lo suficiente como para deslizarse dentro de la habitación.
Tras cruzar la puerta, Galvan se encontró en una pequeña salita contigua a la cámara principal. Ricos tapices con motivos de caballeros y dragones decoraban las dos paredes laterales, y frente a la puerta principal se hallaba un arco de piedra negra comunicaba con la habitación principal.
El asesino avanzó lentamente y traspasó el arco, para entrar en la sala principal de los aposentos. Todo se encontraba perfectamente iluminado por la luz que emitía la gran chimenea en el otro extremo de la habitación. A su izquierda se alzaba la cama, ricamente decorada con una cabecera bañada en oro y adornada con figuras en plata. En el extremo de la cama, dos estrechos postes de madera finamente esculpidos se unían con la base sobre la que reposaba el colchón. Junto a la cama, pegados a la pared, se hallaban dos enormes estanterías cubiertas de gruesos volúmenes antiguos. En la pared opuesta se hallaba otra estantería, así como dos cómodos butacones separados por una mesita, también abarrotada de libros.
En frente de Galvan, junto al fuego, se encontraba un pequeño escritorio, acompañado de una silla extrañamente modesta en comparación con la desmesurada decoración del resto de la sala. Sobre ella se distinguía una oscura silueta recortada contra la luz de las llamas, aparentemente concentrada en algo del escritorio. Tras unos instantes, la figura se enderezó.
- Me preguntaba cuando vendrías – musitó la silueta. El asesino, sorprendido, no pudo contener una sonrisa. Se quedó donde estaba, atento al mínimo movimiento. – Vaya, vaya. La verdad, esperaba que tardaran un poco más en hacerlo, pero supongo que es inevitable.
Iaskel se incorporó y se dio la vuelta. Sus ojos refulgieron en la oscuridad, clavándose en el rostro de Galvan. El actual Regidor había nacido con unos ojos un tanto extraños, diferentes a los de los demás; el iris era de un color rojo brillante, que incluso emitía cierto brillo en la oscuridad. Por ello, muchos se habían opuesto a su nombramiento como Regidor, alegando que sus ojos significaban influencias demoníacas. Sin embargo, tras la misteriosa muerte de uno de estos protestantes, las ganas de protesta cesaron.
A diferencia de la mayoría de los nobles, Iaskel contaba con un torso esbelto y musculoso, resultado de un continuo entrenamiento físico. A pesar de su ya avanzada edad, el Regidor mantenía un aspecto formidable, con sus casi dos metros de estatura. Tenía un austero corte de pelo, sencillo y funcional. En ese momento llevaba una cómoda túnica blanca sin mangas, con una corona de cuatro puntas bordada en el pecho, que simbolizaba su cargo de Regidor.
- Ha llegado tu hora, Iaskel.
- Oh, ¿eso crees? Te veo muy confidente, mi querido asesino. Veamos de qué eres capaz.
- Haz lo que quieras, pero eso sólo te servirá para alargar unos minutos más tu existencia. No volverás a ver la luz del día.
- Entonces, lucharé por ese escaso tiempo.
El Regidor desenvainó una espada que yacía sobre la mesa. Un pequeño cuchillo salió de la mano de Galvan en dirección al rostro de Iaskel, pero en el último momento fue desviado por la hoja de la espada.
- Tsk, yo que quería irme ya… - el asesino, sonriente, estiró repentinamente sus brazos. Por encima de las manos, surgieron unas largas cuchillas de las mangas de la túnica. – Hmm, hace mucho que no las uso, pero supongo que no tendré ningún problema – Alzó los brazos, expectante – Si esto es lo que deseas, adelante.
Iaskel levantó lentamente la espada, y se puso en guardia. Al ver que su contrincante no parecía toma la iniciativa, alzó la espada y cargó contra él. Galvan esquivó fácilmente su ataque, rodando a un lado. El Regidor notó un corte en la pierna y se dio rápidamente la vuelta para encarar de nuevo al asesino, ignorando la punzada de dolor. Se acercó y lanzó una lluvia frenética de golpes contra su adversario, que Galvan esquivó y desvió fácilmente. Iaskel retrocedió momentáneamente, lo justo para recuperar el equilibrio, y describió un tajo horizontal con la espada. El asesino consiguió agacharse justo a tiempo para no ver su cabeza desprendida de su cuerpo. Aprovechó el hueco abierto en la defensa de su enemigo y lanzó un tajo ascendente con la cuchilla izquierda que hizo aparecer un hilillo rojo a través de la túnica de Iaskel, quien retrocedió para recuperar el aliento. Volvió a colocarse en guardia y fijó la vista en su enemigo.
Esta vez fue Galvan quien cargó. Atacó con las cuchillas en dirección a la cara del Regidor, quien apenas pudo desviarlas con un golpe de espada. El asesino continuó con un aluvión de golpes que parecían provenir de todas direcciones, ante lo que Iaskel no pudo hacer más que retroceder, mientras centraba sus esfuerzos en repeler las cuchillas de su enemigo con la espada.
El Regidor divisó un brillo rojo en su brazo izquierdo y descubrió un fino corte en su hombro. Avanzó lentamente de nuevo, y descargó la espada contra el atacante. Este golpeó con la parte plana de la cuchilla izquierda la hoja de la espada, que se desvió y cayó a unos milímetros de su hombro. Inmediatamente, Galvan lanzó la cuchilla derecha contra el hombro de Iaskel, quien giró y esquivó el golpe. El asesino cargó su peso en su pierna derecha y levantó la izquierda, propinando una fuerte patada que empujó a Iaskel hasta la cama, con la que tropezó y cayó sentado encima, jadeando. Había perdido momentáneamente la respiración debido al fuerte golpe recibido en el torso.
- No me digas que esto es todo lo que puede hacer el gran jefazo de la ciudad – el asesino se enderezó – ya que me has hecho sacar a mis pequeñas, suponía que presentarías un desafío respetable. ¿Va a acabar tan pronto la diversión? – A pesar de la actividad, la excelente forma física de Galvan hizo que ni siquiera alterara su ritmo de respiración.
Galvan logró justo lo que pretendía. Iaskel se levantó de la cama, con la cara convertida en una máscara de ira. Asió la espada firmemente con la mano derecha. Aún jadeando debido al cansancio que empezaba a acusar, arrancó uno de los postes de madera al pie de la cama con la mano libre, y lo lanzó contra su adversario. Galvan cogió fácilmente el poste con la mano, y lo lanzó a la chimenea crepitante.
- Vaya vaya, el vejete está que pierde los nervios. Encima, con este ritmo, seguro que luego te dolerán los huesos.
Iaskel respiraba agitadamente. Sus brillantes ojos rojos llenos de odio estaban clavados en el rostro del asesino, que seguía con la misma sonrisa siniestra. Levantó la espada en alto y avanzó rápidamente.
- ¡Muere! – Gritó mientras lanzaba estocadas desesperadas y fácilmente predecibles - ¡Maldita sea, muere de una vez! ¡No conseguirás acabar conmigo!
El asesino esquivó sus golpes con facilidad y, cuando vio flaquear la defensa de su adversario, se agachó y cargó con el hombro contra su pecho. Iaskel salió disparado y chocó contra la pared, manteniendo sujeta la espada a duras penas. Los chorros de sudor empapaban su pelo y corrían por su cara, nublando la visión. Se limpió la cara con el dorso de la mano y volvió a alzar la espada.
Cargó de nuevo contra Galvan. Al ver el golpe descendente de su adversario, el asesino levantó las cuchillas y las cruzó frente a su cuerpo. Cuando chocaron los metales, Galvan separó violentamente sus armas, que empujaron la hoja de Iaskel. El Regidor separó los brazos para mantener el equilibrio, dejando el torso al descubierto. El asesino no lo dudó un momento y lanzó su brazo derecho al pecho de Iaskel, que quedó ensartado a la altura del corazón. El cuerpo quedó inerte, descargando todo su peso en la hoja de Galvan. Este apoyó un pie en el pecho de Iaskel y empujó, lanzándolo contra el suelo.
El asesino miró unos instantes el cuerpo inmóvil del que había sido el Regidor de Fuertegris. Se acercó a la cama para limpiar las cuchillas manchadas de sangre y las volvió a guardar dentro de la túnica.
- Es una pena, no lo hacía del todo mal – Galvan miró una última vez el cadáver de Iaskel y salió silenciosamente de la habitación.
Una vez fuera del torreón principal, el asesino escrutó la oscuridad en busca de posible vigilancia. Sólo vio a los guardias de la entrada al patio de la fortaleza y de la entrada al torreón principal, varios de los cuales dormitaban apoyados en los muros. Las pocas antorchas que habían iluminado antes el patio se habían extinguido, permitiendo a Galvan mayor libertad de movimiento.
Cuando llegó al muro, tardó un poco en dar con la cuerda que antes había dejado. Una vez la tuvo en su mano, escaló lentamente, con cuidado de no hacer ningún ruido. Arriba seguía sin haber guardias, pues probablemente se habrían reducido o suspendido las patrullas a lo largo de la muralla. Descolgó el garfio y volvió a asegurarlo, esta vez en la cara exterior de la muralla. Descendió y desenganchó el garfio para volver a guardarlo.
La larga paz de la que disfrutaba Fuertegris había supuesto un exceso de confianza por parte de toda fuerza de seguridad. En el caso de la fortaleza, el número de Altos Guardias se redujo a poco más de la mitad, y la actividad de éstos, sobre todo de noche, había descendido drásticamente, llegando a quitar ciertas patrullas consideradas innecesarias en tiempos de paz, así como una reducción general del número de efectivos situados en las entradas importantes. Todos estos factores habían supuesto cierto incremento en el número de robos y asesinatos en lugares anteriormente considerados inaccesibles, lo que derivaba directamente en un aumento de trabajo para asesinos como Galvan.
Por las calles de la ciudad se podía ver la misma escena de todas las noches. Misteriosos hombres encapuchados que nadie se atrevía a molestar deambulaban por las calles, hombres borrachos describían curvas de vuelta a su hogar, y los burdeles y tabernas emitían un poco de luz y muchos gritos al exterior de las calles. Galvan se colocó la capucha mientras se dirigía al Barrio Negro, asegurándose de que nadie le seguía.
Cuando por fin entró en las primeras calles del barrio debían de faltar apenas un par de horas para el amanecer. Tras girar en un par de esquinas, entró en la calle que buscaba y se dirigió a uno de los edificios, con el techo poblado de gárgolas. Llamó a la puerta con una peculiar secuencia de toques, y en unos momentos, un anciano le abrió la puerta en silencio. Intercambiaron miradas de entendimiento, y el asesino entró en la casa.
Una vez dentro, se quitó las botas y cogió un jarro de cerveza que había en la mesa. Se sentó al fuego, estirando las piernas mientras bostezaba. El anciano cogió una silla de la mesa y se sentó junto a él, expectante.
- ¿Sabes? – Dijo Galvan – Tengo que comprarme un caballo, estas caminatas por la ciudad de noche son agotadoras. – Miró al anciano, que le observaba con gesto de incredulidad – Está hecho. – musitó, y bebió un largo trago de cerveza.
El anciano suspiró en un gesto de alivio y relajó los músculos. Cerró los ojos y miró al techo, respirando profundamente.
- Con el dinero que pagarán por este trabajo, tendremos para mantenernos al menos un año. Podrás tomarte un descanso.
- ¿Y dejar que mi dinero se lo lleven otros? Ni lo sueñes, viejo. Además, dedicarse a esto es tremendamente divertido – dijo Galvan con una sonrisa entre trago y trago de cerveza. – Si no te importa, quiero dormir un poco. En un rato amanecerá y quiero estar descansado para mañana.
- Claro, mañana hablaremos.
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Galvan cruzó la puerta de entrada y encontró a Pyp y a Dagas jugando con un par de dados en la gastada mesa de madera. Saludó con un gesto y fue a su habitación a dejar lo que había comprado esa mañana. Después, volvió a la sala principal y se sentó al lado de los muchachos.
- ¿Cómo va? – preguntó el asesino mirando los dados con desinterés.
- Le llevo ganados diez juegos seguidos – comentó Pyp esbozando una enorme sonrisa.
- Vaya, hasta en esto eres malo, Dagas. La próxima vez, creo que me llevaré a Pyp conmigo cuando tenga trabajo. – Los tres echaron a reír.
Había pasado poco más de un mes desde la noche en que se infiltró en la fortaleza para acabar con Iaskel. Tras unos días de intenso alboroto, el nuevo Regidor fue nombrado y la guardia se encargó de reprimir los disturbios en la ciudad. Algunos miembros de la Alta Guardia fueron relevados de su cargo y enviados a prisión, acusados de permitir a un asesino entrar y salir de la fortaleza a sus anchas. Gracias a esta limpieza de plantilla, Solmor consiguió ascender algunos puestos, hasta convertirse en el ayudante del segundo al mando. En todo ese tiempo, debido al revuelo general, Galvan no había tenido ningún nuevo encargo.
- Por cierto Galvan – dijo Dagas. Al ver la expresión interrogante del asesino, se dio la vuelta y sacó un pequeño paquete de un cajón. – Recogí esto ayer por ti. – Galvan cogió el paquete, sopesándolo.
- Por fin – comentó mientras una sonrisa se dibujaba en su cara. – Ya creía que la gente de esta ciudad había perdido las ganas de matar.